miércoles, 14 de marzo de 2012

MIEDO A LA MEDIOCRIDAD



por Carlos Martín Rio

John Terry explicaba ayer en la rueda de prensa previa al partido contra el Nápoles, la vuelta de los octavos de final de la Liga de Campeones, que si el Chelsea es capaz de levantarse, puede hacer todavía una de las mejores temporadas de su historia. Aunque frases así se pueden interpretar como simples exageraciones o utopías que no se cree ni su propio autor, nadie puede negar que a 14 de marzo, antes de las 19.45 de la tarde (hora londinense), los blues siguen vivos en la FA Cup y en la Liga de Campeones.

Pero si saltamos de la frialdad de las tablas clasificatorias, los números y los calendarios, a la realidad del vestuario de un equipo y de los despachos de un club, vemos que bajo el Bridge, el río anda revuelto. Tras la marcha forzada de André Villas-Boas, después de que precisamente el Nápoles le cavara la tumba en la ida de la eliminatoria que se decide esta noche, el club de oeste de Londres ha visto fracasar un ambicioso proyecto de reconstrucción con el que buscaba, principalmente, reconstruirse sin renunciar a la élite.

La fórmula de éxito instantáneo, por unas razones o por otras, no la llevaba consigo el prodigio Villas-Boas, por mucho que pareciera que en Porto se había especializado precisamente en eso. Roberto Di Matteo, que ocupará el cargo dejado por el portugués hasta el final de la temporada, tiene la oportunidad de demostrar que puede ser él quien guie la transición diseñada por la cúpula de Roman Abramovich. Mientras lucha por conseguirlo y trabaja por reconstruir un equipo plagado de talento pero sin alma colectiva, se suceden las visiones apocalípticas del futuro. 

Aunque Terry hable de lo grande que puede llegar a ser la temporada, en el Chelsea saben –el mismo capitán lo reconoce-, que el auténtico objetivo es volver a estar presente el curso que viene en la Liga de Campeones. La posibilidad que el himno de la Champions no se escuche en la 2012-13 en Stamford Bridge supondría un trauma deportivo y económico. El modelo de negocio implantado por el magnate ruso, como todos los proyectos faraónicos de estas características, necesita tener presencia en la máxima competición un año detrás de otro. El crecimiento exponencial que ha experimentado el club en la década de los 00 ha inflado un globo que corre el riesgo de explotar. La renovación es inevitable mientras la generación de Lampard, Drogba y el mismo Terry busca un final a la altura de su grandeza. Ellos, los pesos pesados, cargan con la culpa, pero aparentan mantenerse de pie mientras todo a su alrededor se tambalea por el miedo la mediocridad.

Conseguir la clasificación para la Champions por la vía Premier League sigue pareciendo factible, aunque la lucha con el Tottenham y el Arsenal será feroz. En los meses primaverales, decisivos, el estado de ánimo es clave, y por eso esta noche es especial. Para los jugadores del Chelsea, caer en casa y salir del campo con la cabeza baja –quién sabe si abucheados-, podría ser un golpe casi definitivo para su moral. En cambio, remontar el 3-1 al peligrosísimo equipo de Mazzarri calmaría considerablemente la desagradable sensación que causa vivir tan cerca del abismo. Sobrevivir una semana más. ¿Para qué?, se preguntarán algunos. ¿Quién está dispuesto a ir saltando del cielo al infierno continuamente pretendiendo no quemarse? El Chelsea.

jueves, 1 de marzo de 2012

PARKER: DE LA HAMBURGUESA AL BRAZALETE



por Carlos Martín Rio

A falta de unos cuantos meses para la disputa del Mundial de Estados Unidos (1994) Scott Parker era un chico anuncio con un peinado terriblemente noventero que daba muestras de su habilidad con el balón en un spot de uno de los patrocinadores principales del torneo de la FIFA, la cadena de comida rápida McDonald’s. El joven, que había nacido en Londres hacía 13 años, no vería por la televisión a su selección jugar aquel campeonato del mundo. Los pross, comandados por Graham Taylor, fracasaron estrepitosamente en la fase de clasificación, viéndose superados por Holanda y Noruega. 18 años después, no hay novedad. Los ingleses han ido acumulando un trauma detrás del otro, fallando en cada una de las nuevas oportunidades que se presentan en un gran torneo. Esta noche, en Wembley, han perdido contra Holanda (2-3). Suenan las alarmas.

A las puertas de otra gran competición, la Eurocopa de Ucrania y Polonia, las sensaciones no son ni por asomo más alentadoras de lo que se ha vivido en las dos últimas décadas. Después del descalabro sudafricano, los problemas se han ido sucediendo uno detrás de otro, empezando por la sanción a Wayne Rooney –se perderá, y gracias, los dos primeros encuentros de la competición-, y acabando con la sorprendente dimisión del seleccionador Fabio Capello, hace unas semanas. Sus desavenencias con la FA en relación a la retirada de la capitanía de John Terry –el jugador del Chelsea está inmerso en un escándalo de racismo- pesaron demasiado y ahora todo está patas arriba. La solución de emergencia es Stuart Pearce, que ocupa el cargo de manager interino a la espera de que el órgano futbolístico más antiguo del mundo tome la decisión adecuada. Mientras la mayoría de dedos señalan a Harry Redknapp como el sucesor más conveniente, Pearce ha tenido la responsabilidad de recolocar el brazalete de capitán antes del primer amistoso de la era post-Capello.

Scott Parker, el mismo niño que anunciaba hamburguesas, el mismo que fue votado mejor jugador de la Premier League en 2011, ha sido el elegido. Algunos apuntaban a Steven Gerrard como la opción más lógica. Líder y alma de un grande como el Liverpool durante años y un fijo con 89 (hoy 90) internacionalidades, el red parecía un valor seguro. La de Parker ha sido otra historia, pero si el presente es lo que vale –y es así en el fútbol-, no podemos obviar que el del Tottenham, que despegó tras cuatro años sobresalientes en el West Ham, vive en el pico de su madurez.

Su planta elegante y su pose de centrocampista clásico lo definen estéticamente sobre el terreno. Trata bien el balón, lo distribuye con soltura y se mueve con criterio e inteligencia. Además tiene carácter, se compromete con la causa y su actitud suele ser la de no rendirse. Esa es la cara buena. Luego, cuando el esférico pertenece al rival, enseña su versión más contundente. Con acciones duras y demasiadas veces excesivas, se ha ganado alguna que otra expulsión evitable. La dureza y el hecho que confunda el compromiso y la entrega con la violencia son algunos de los argumentos habituales de sus críticos. Su gran prueba en este sentido será precisamente la Euro de 2012. Los árbitros, que no dejarán pasar una, se fijarán en Parker, y él tendrá que controlarse para evitar circunstancias que en la rutina liguera pueden ser anecdóticas pero que en una competición corta pueden condenarlo, indefenso ante una prensa y una opinión pública que siempre busca culpables –que se lo pregunten a David Beckham-.

¿Infravalorado? ¿Sobrevalorado? Es curioso que con un jugador se utilicen los dos términos. Lo cierto es que solo cuenta con once internacionalidades absolutas en su haber, que se han sucedido con cuentagotas desde su debut en 2003, cuando pertenecía todavía al equipo que lo vio crecer, el Charlton Athletic. Antes, en 1996, ya había sido seleccionado para jugar con la sub-16 y fue completando su formación con apariciones en la sub-18 y la sub-21. Los altos y bajos y la experiencia frustrada en el Chelsea (2004/05) le obligaron a labrarse un camino alternativo cuando su carrera parecía llamada a ser meteórica. En Newcastle renació y en 2007, de vuelta a Londres para ser hammer, se autoafirmó como el líder que todos esperaban. Hoy, vestido con el cada vez más glamuroso blanco del Tottenham Hotspur, el luchador que nunca se rinde ahora quiere convencer para quedarse el brazalete en posesión.

En Wembley no se ha vivido precisamente una fiesta. Pero si el barco se hunde por lo menos tenemos claro que el capitán, Scott Parker, no saldrá en un bote.

viernes, 24 de febrero de 2012

CAMPEONES ÚNICOS (I): ASTON VILLA DE 1982



por Carlos Martín Rio

Peter Withe se retiró en 1990 tras haber jugado en más de una decena de equipos y vestir la camiseta de Inglaterra en once ocasiones (un gol como internacional). Continuó su carrera como entrenador, empezando con una experiencia fallida al frente de la crazy gang del Wimbledon y continuando como seleccionador en el fútbol asiático, primero en Tailandia (1998-2002) y luego dirigiendo al combinado de Indonesia (2004-2007). Precisamente allí, en ese archipiélago del sudeste asiático, vivió en primera persona el desastre del tsunami de 2005, y se empleó a fondo para que el fútbol arrancara una pequeña sonrisa a un país malherido. Su carrera vestido de corto se caracterizó por los altos y bajos. A Withe, un liverpudlian nacido en 1951, le costó ganarse un sitio en la primera línea. Dejó el Liverpool con veinte años para emprender una aventura en el fútbol sudafricano, del que saltaría, tras una escala de dos años en Wolverhampton, al Portland Timbers de la desparecida North American Soccer League. La experiencia americana fue corta y en 1975 se asentó en Inglaterra y empezó a destacar en el Birmingham. Brian Clough lo captó para su causa en Nottingham, donde fue campeón de liga marcando 28 goles en 75 partidos, una media que mantendría casi intacta en las dos campañas siguientes, en el Newcastle. Su mayor triunfo y su experiencia más duradera la viviría a continuación, de vuelta a Birmingham, aunque ahora en el bando de los villanos. Allí marcaría el gol más importante de la historia de su nuevo club.


Al principio de la década de los 80, el fútbol había vuelto a casa. Inglaterra se había erigido de nuevo como la gran potencia continental a nivel de clubes. Llegados a 1981, los autodenominados inventores del juego habían encadenado cinco Copas de Europa consecutivas, tres pertenecientes al Liverpool de Bob Paisley y dos al Nottingham Forest de Clough. En la temporada 1980-81, precisamente en la que los reds habían vuelto a triunfar a nivel internacional, en el ámbito doméstico el Aston Villa había dado la campanada al proclamarse campeón de la First Division –nos encontramos en la era pre-Premier League- por primera vez desde 1910. Se trata del último campeonato liguero de los clarets hasta la fecha -cinco de sus set campeonatos, de hecho, los consiguió en el siglo XIX-. Bajo la batuta de un tipo serio, Ron Saunders, el equipo de los West Midlands afrontaba su primera experiencia en la máxima competición continental contando en sus filas con jugadores como Tony Morley, Gordon Cowans, Gary Shaw, el capitán y referencia Dennis Mortimer o el antes mencionado Withe.

El Valur de Reikiavik, campeón islandés, no fue rival para el Villa en la primera fase de la competición, que todavía se jugaba con el formato clásico de la eliminatoria directa. Los ingleses pasaron por encima de su contendiente nórdico con un 5-0 en casa y un 0-2 en Islandia. En la segunda ronda, el obstáculo a saltar fue el equipo rojo del Berlín oriental, el Dinamo. Al otro lado del muro, el carrilero rubio Morley fue el héroe con dos goles -uno de ellos a falta de cinco minutos para el final- que dieron el triunfo a los visitantes (1-2). Los alemanes se tomaron la revancha en la vuelta, pero el 0-1 con el que volvieron a la RDA fue insuficiente. No sin sufrimiento, y gracias en gran parte a la inspiración del portero Jimmy Rimmer, el Aston Villa se adentró en los cuartos de final del torneo, un éxito que no quedaría ahí.

Pese a la buena marcha en su gira continental, las cosas no iban bien en la liga. El efecto de la temporada pasada se diluía y los villanos estaban situados en la zona media de la tabla. Era el fin de la era Saunders, ese hombre que, además de devolver al club los honores ligueros, lo había llevado durante tres temporadas seguida a la final de la Copa de la Liga. Las desavenencias con la cúpula directiva en relación a las condiciones de su contrato precipitaron su marcha cuando el equipo se preparaba para luchar por estar entre los cuatro mejores de Europa. Tony Barton, entrenador asistente, tomó las riendas de forma provisional -aunque se sentaría en el banquillo durante las siguientes dos temporadas-. Saunders abrió el camino, pero Barton, un antiguo jugador del Fulham, el Forest y el Portsmouth, se llevaría la gloria en su primera experiencia íntegra como entrenador principal.

El emparejamiento de cuartos obligaba otra vez al equipo claret and blue a mirar al este. Esta vez a la URSS, concretamente a Ucrania, donde les esperaba el campeón soviético, el Dinamo de Kiev, entrenado por el antiguo delantero Valeriy Lobanovskyi, que contaba en sus filas con Oleh Volodymyrovych Blokhin, actualmente seleccionador ucraniano y ganador del balón de oro en 1975. En Kiev, en la ida de la eliminatoria, los ingleses aguantaron sin muchos problemas el ímpetu del cuadro ucraniano, cuyo equipo era la base de la selección de la Unión Soviética que viajaría a España ese verano. En Villa Park, quince días después, el todavía campeón inglés demostró que iba en serio. Con dos goles en la primera parte, de Shaw y McNaught, el pase a las semifinales quedó resuelto.


El otro representante inglés, el Liverpool, que acudía al campeonato como vigente campeón cayó contra el CSKA de Sofía a esas alturas y de despidió de sus opciones de repetir título. Los búlgaros quedaron encuadrados con el Bayern de Múnich, mientras que el equipo de Barton, un técnico ya ratificado en su puesto, se encontraría con el Anderlecht. En la ida jugada en Birmingham, los belgas, con muchas precauciones defensivas, aspiraban a volver a Bruselas con un 0-0 en la maleta. Tony Morley, otra vez determinante, lo evitó apuntándose el único gol del encuentro (1-0). La vuelta, ya en territorio belga, fue una pobre igualada sin goles que dio el billete al Aston Villa para la final que se jugaría en RotterdamEl partido, de todos modos, ha sido recordado por los incidentes provocados por algunos aficionados llegados desde Gran Bretaña, que iniciaron peleas en las gradas e incluso obligaron a parar el juego durante varios minutos. El Anderlecht pidió la repetición del choque, alegando que sus futbolistas se habían visto afectados y cohibidos por el comportamiento violento de la hinchada visitante. La petición fue denegada, pero en el seno de la UEFA algunos empezaron a valorar la posibilidad de excluir a los equipos ingleses de las competiciones continentales. El fenómeno hooligan fue durante aquellos años dorados del fútbol inglés un triste decorado que en ocasiones eclipsaba los triunfos deportivos. El beautiful game se precipitaba hacia la tragedia de Heysel, hacia el fin de una era.

EL 26 de mayo de 1982, Breitner, Rummenigge, Hoeness, el Bayern de Múnich y sus tres Copas de Europa esperaban a un novato en una final que se disputaría en el estadio De Kuip, la casa del Feyenoord de Rotterdam. En tierras holandesas la lógica apuntaba a un triunfo de  los alemanes, una máquina bien engrasada que había goleado a todos los rivales que se habían cruzado a su paso.

No fue un partido exquisito, quizás por esa razón el Aston Villa tuvo sus opciones. Y eso que el asunto empezó mal para Barton y los suyos, que vieron como el meta Rimmer se tuvo que retirar a los diez minutos de juego al recaer de una lesión en el cuello. Nigel Spink, de 23 años, en una de sus primeras apariciones en una portería que ocuparía más de 360 veces en el futuro, se convirtió en el héroe inesperado. El joven guardameta no se vio superado por las circunstancias, y cumplió con creces, siendo decisivo. Un milagro en los peores momentos de su equipo. Solo le batieron en una ocasión. Fue Hoeness, pero el colegiado había señalado fuera de juego.


Mientras el Bayern desperdiciaba ocasiones, el Villa esperaba su turno. El minuto elegido fue el 67. Peter Withe aprovechó una jugada conducida por Shaw y Morley para, en su única ocasión del partido, superar a Manfred Müller rematando al palo largo. Veinte minutos de asedio más tarde el muro de Spink seguía intacto. Se consumó así la sorpresa de la final y de la competición. El gigante bávaro, que había ganado las doce últimas finales europeas que había disputado, fue incapaz de igualar el gol de Withe. El Aston Villa era el campeón de Europa. 


*Esta serie repasa la efímera pero gran trayectoria de aquellos equipos que una vez ganaron la Copa de Europa y que nunca más se han visto en otra igual. 

martes, 21 de febrero de 2012

SUEÑO CONTRA PESADILLA



por Carlos Martín Rio

El Nápoles llega pletórico a una nueva cita con su historia. Más de veinte años después, esta temporada ha vuelto a la máxima competición continental, y su participación está siendo mucho más que un testimonial brindis al pasado. Hoy, ante uno de los grandes de Europa en la última década, San Paolo se engalanará a su manera típicamente infernal para volver a ser escenario de una eliminatoria directa de Copa de Europa. Cuando Hamsik, Lavezzi y el depredador Edinson Cavani combinan en ataque, el recuerdo de Maradona acelera su camino hacia el museo. Tras dos décadas de reconstrucción, deudas, desgracias varias, refundaciones y ascensos, hoy el Nápoles vive de lo que es y de lo que será, más de lo que fue un día en el pasado.

En la liga está pagando quizás el rigor de una temporada de máxima exigencia, y se encuentra alejado a 13 puntos de la primera posición. Es cierto que en algunos encuentros le ha faltado la solidez y la contundencia de los equipos acostumbrados a ganar, pero en su progresión adivinamos más síntomas de crecimiento que de pausa. El Nápoles es un conjunto con personalidad propia que suele ser fiel a un esquema fijo (3-4-3). Su éxito no está basado en ser camaleónico y adaptarse a las carencias del rival, sino en la ejecución de unas premisas básicas que tienen una suficiencia probada. Con ese dibujo, el equipo partenopei quiere ser férreo, seguro, lo cual lo lleva a ser en ocasiones demasiado reservado y defensivo. El tecnico Walter Mazzarri se basa en tres centrales fuertes -si la disciplina funciona como debe- (Aronica, Cannavaro y Campagnaro), una línea de cuatro en el centro del campo con dos alas (Maggio, Dossena, Zúñiga) que cubren la banda y dos hombres poderosos en el medio (Inler, Gargano). En el ataque, la imaginación corre a cargo del ya archiconocido tridente en el que Hamsik imagina, Lavezzi inventa y Cavani torpedea.

Es una temeridad apuntar a los del sur de Italia como indiscutibles favoritos en la eliminatoria ante el Chelsea, pero si en este tipo de enfrentamientos el estado de ánimo tiene algo que ver, los napolitanos tienen un punto a su favor. El viernes, en partido adelantado a la jornada de Serie A, los de Walter Mazzarri dieron un puñetazo sobre la mesa en el Artemio Franchi de Florencia. Un 0-3 y un equipo convencido de sus posibilidades que quiere hacerse fuerte en casa para viajar a Londres con alguna garantía de éxito. Los de André Villas-Boas, en cambio, están en el centro de una temporada más bien convulsa en la que un proyecto nuevo y a priori estimulante se está estancando peligrosamente. Los escándalos del capitán John Terry, la desesperante falta de puntería de Fernando Torres o la incomprensible vulnerabilidad del sistema defensivo, son algunos de los factores que están cerca de descomponer a un equipo que tiene inalcanzable la lucha por la liga y que rozó el ridículo el sábado al bordear la eliminación de la FA Cup ante un segunda como el Birmingham (1-1). 

El encuentro puede ser para los de Stamford Bridge una pesadilla inoportuna pero también una opción para ganar en confianza. La de hoy es una situación de la que no tienen escapatoria. Un punto de inflexión, un duelo clave que puede marcar el inicio del ascenso o la consolidación del hundimiento del primer proyecto con la marca AVB. Antes de jugarse, el partido es un sueño para el Nápoles y un incómodo compromiso para el Chelsea.