John Terry explicaba ayer en la rueda de prensa previa al
partido contra el Nápoles, la vuelta de los octavos de final de la Liga de
Campeones, que si el Chelsea es capaz de levantarse, puede hacer todavía una de
las mejores temporadas de su historia. Aunque frases así se pueden interpretar como
simples exageraciones o utopías que no se cree ni su propio autor, nadie puede
negar que a 14 de marzo, antes de las 19.45 de la tarde (hora londinense), los blues siguen vivos en la FA Cup y en la
Liga de Campeones.
Pero si saltamos de la frialdad de las tablas
clasificatorias, los números y los calendarios, a la realidad del vestuario de
un equipo y de los despachos de un club, vemos que bajo el Bridge, el río anda revuelto. Tras la marcha forzada de André
Villas-Boas, después de que precisamente el Nápoles le cavara la tumba en la
ida de la eliminatoria que se decide esta noche, el club de oeste de Londres ha
visto fracasar un ambicioso proyecto de reconstrucción con el que buscaba,
principalmente, reconstruirse sin renunciar a la élite.
La fórmula de éxito instantáneo, por unas razones o por
otras, no la llevaba consigo el prodigio Villas-Boas, por mucho que pareciera
que en Porto se había especializado precisamente en eso. Roberto Di Matteo, que
ocupará el cargo dejado por el portugués hasta el final de la temporada, tiene
la oportunidad de demostrar que puede ser él quien guie la transición diseñada
por la cúpula de Roman Abramovich. Mientras lucha por conseguirlo y trabaja por
reconstruir un equipo plagado de talento pero sin alma colectiva, se suceden las
visiones apocalípticas del futuro.
Aunque Terry hable de lo grande que puede llegar a ser la
temporada, en el Chelsea saben –el mismo capitán lo reconoce-, que el auténtico
objetivo es volver a estar presente el curso que viene en la Liga de Campeones.
La posibilidad que el himno de la Champions no se escuche en la 2012-13 en
Stamford Bridge supondría un trauma deportivo y económico. El modelo de
negocio implantado por el magnate ruso, como todos los proyectos faraónicos de
estas características, necesita tener presencia en la máxima competición un año
detrás de otro. El crecimiento exponencial que ha experimentado el club en la década
de los 00 ha inflado un globo que corre el riesgo de explotar. La renovación es
inevitable mientras la generación de Lampard, Drogba y el mismo Terry busca un
final a la altura de su grandeza. Ellos, los pesos pesados, cargan con la culpa, pero aparentan mantenerse de pie mientras todo a su alrededor se tambalea por
el miedo la mediocridad.
Conseguir la clasificación para la Champions por la vía Premier
League sigue pareciendo factible, aunque la lucha con el Tottenham y el Arsenal
será feroz. En los meses primaverales, decisivos, el estado de ánimo es clave,
y por eso esta noche es especial. Para los jugadores del Chelsea, caer en casa y
salir del campo con la cabeza baja –quién sabe si abucheados-, podría ser un
golpe casi definitivo para su moral. En cambio, remontar el 3-1 al
peligrosísimo equipo de Mazzarri calmaría considerablemente la desagradable sensación que causa vivir tan cerca del abismo. Sobrevivir una semana más. ¿Para qué?, se
preguntarán algunos. ¿Quién está dispuesto a ir saltando del cielo al infierno
continuamente pretendiendo no quemarse? El Chelsea.
A falta de unos cuantos meses para la disputa del Mundial de
Estados Unidos (1994) Scott Parker era un chico anuncio con un peinado terriblemente noventero que daba muestras de su habilidad con el balón en un spot de uno de los patrocinadores principales del torneo de la FIFA, la cadena
de comida rápida McDonald’s. El joven, que había nacido en Londres hacía 13
años, no vería por la televisión a su selección jugar aquel campeonato del
mundo. Los pross, comandados por
Graham Taylor, fracasaron estrepitosamente en la fase de clasificación,
viéndose superados por Holanda y Noruega. 18 años después, no hay novedad. Los
ingleses han ido acumulando un trauma detrás del otro, fallando en cada una de
las nuevas oportunidades que se presentan en un gran torneo. Esta noche, en
Wembley, han perdido contra Holanda (2-3). Suenan las alarmas.
A las puertas de otra gran competición, la Eurocopa de
Ucrania y Polonia, las sensaciones no son ni por asomo más alentadoras de lo
que se ha vivido en las dos últimas
décadas. Después del descalabro sudafricano, los problemas se han ido
sucediendo uno detrás de otro, empezando por la sanción a Wayne Rooney –se perderá,
y gracias, los dos primeros encuentros de la competición-, y acabando con la sorprendente
dimisión del seleccionador Fabio Capello, hace unas semanas. Sus desavenencias
con la FA en relación a la retirada de la capitanía de John Terry –el jugador
del Chelsea está inmerso en un escándalo de racismo- pesaron demasiado y ahora
todo está patas arriba. La solución de emergencia es Stuart Pearce, que ocupa
el cargo de manager interino a la
espera de que el órgano futbolístico más antiguo del mundo tome la decisión
adecuada. Mientras la mayoría de dedos señalan a Harry Redknapp como el sucesor
más conveniente, Pearce ha tenido la responsabilidad de recolocar el brazalete
de capitán antes del primer amistoso de la era post-Capello.
Scott Parker, el mismo niño que anunciaba hamburguesas, el
mismo que fue votado mejor jugador de la Premier League en 2011, ha sido el
elegido. Algunos apuntaban a Steven Gerrard como la opción más lógica. Líder y
alma de un grande como el Liverpool durante años y un fijo con 89 (hoy 90)
internacionalidades, el red parecía
un valor seguro. La de Parker ha sido otra historia, pero si el presente es lo
que vale –y es así en el fútbol-, no podemos obviar que el del Tottenham, que
despegó tras cuatro años sobresalientes en el West Ham, vive en el pico de su
madurez.
Su planta elegante y su pose de centrocampista clásico lo
definen estéticamente sobre el terreno. Trata bien el balón, lo distribuye con soltura
y se mueve con criterio e inteligencia. Además tiene carácter, se compromete
con la causa y su actitud suele ser la de no
rendirse. Esa es la cara buena. Luego, cuando el esférico pertenece al rival, enseña
su versión más contundente. Con acciones duras y demasiadas veces excesivas, se
ha ganado alguna que otra expulsión evitable. La dureza y el hecho que confunda
el compromiso y la entrega con la violencia son algunos de los argumentos habituales
de sus críticos. Su gran prueba en este sentido será precisamente la Euro de
2012. Los árbitros, que no dejarán pasar una, se fijarán en Parker, y él tendrá
que controlarse para evitar circunstancias que en la rutina liguera pueden ser anecdóticas
pero que en una competición corta pueden condenarlo, indefenso ante una prensa y
una opinión pública que siempre busca culpables –que se lo pregunten a David
Beckham-.
¿Infravalorado? ¿Sobrevalorado? Es curioso que con un
jugador se utilicen los dos términos. Lo cierto es que solo cuenta con once
internacionalidades absolutas en su haber, que se han sucedido con cuentagotas
desde su debut en 2003, cuando pertenecía todavía al equipo que lo vio crecer,
el Charlton Athletic. Antes, en 1996, ya había sido seleccionado para jugar con
la sub-16 y fue completando su formación con apariciones en la sub-18 y la
sub-21. Los altos y bajos y la experiencia frustrada en el Chelsea (2004/05) le
obligaron a labrarse un camino alternativo cuando su carrera parecía llamada a
ser meteórica. En Newcastle renació y en 2007, de vuelta a Londres para ser hammer, se autoafirmó como el líder que
todos esperaban. Hoy, vestido con el cada vez más glamuroso blanco del
Tottenham Hotspur, el luchador que nunca se rinde ahora quiere convencer para
quedarse el brazalete en posesión.
En Wembley no se ha vivido precisamente una fiesta. Pero si
el barco se hunde por lo menos tenemos claro que el capitán, Scott Parker, no
saldrá en un bote.
Peter Withe se retiró en 1990 tras haber jugado en más de
una decena de equipos y vestir la camiseta de Inglaterra en once ocasiones (un
gol como internacional). Continuó su carrera como entrenador, empezando con una
experiencia fallida al frente de la crazy
gang del Wimbledon y continuando como seleccionador en el fútbol asiático,
primero en Tailandia (1998-2002) y luego dirigiendo al combinado de
Indonesia (2004-2007). Precisamente allí, en ese archipiélago del sudeste
asiático, vivió en primera persona el desastre del tsunami de 2005, y se empleó
a fondo para que el fútbol arrancara una pequeña sonrisa a un país malherido. Su carrera vestido de corto se caracterizó por los altos y
bajos. A Withe, un liverpudlian nacido en 1951, le costó ganarse un sitio en la
primera línea. Dejó el Liverpool con veinte años para emprender una aventura en
el fútbol sudafricano, del que saltaría, tras una escala de dos años en Wolverhampton, al Portland Timbers de la desparecida North American Soccer League. La
experiencia americana fue corta y en 1975 se asentó en Inglaterra y empezó a
destacar en el Birmingham. Brian Clough lo captó para su causa en Nottingham,
donde fue campeón de liga marcando 28 goles en 75 partidos, una media que
mantendría casi intacta en las dos campañas siguientes, en el Newcastle. Su
mayor triunfo y su experiencia más duradera la viviría a continuación, de
vuelta a Birmingham, aunque ahora en el bando de los villanos. Allí marcaría el gol más importante de la historia de su
nuevo club.
Al principio de la década de los 80, el fútbol había vuelto
a casa. Inglaterra se había erigido de nuevo como la gran potencia continental
a nivel de clubes. Llegados a 1981, los autodenominados inventores del juego habían
encadenado cinco Copas de Europa consecutivas, tres pertenecientes al Liverpool
de Bob Paisley y dos al Nottingham Forest de Clough. En la temporada 1980-81,
precisamente en la que los reds habían
vuelto a triunfar a nivel internacional, en el ámbito doméstico el Aston Villa
había dado la campanada al proclamarse campeón de la First Division –nos encontramos en
la era pre-Premier League- por primera vez desde 1910. Se trata del último
campeonato liguero de los clarets hasta
la fecha -cinco de sus set campeonatos, de hecho, los consiguió en el siglo XIX-. Bajo
la batuta de un tipo serio, Ron Saunders, el equipo de los West Midlands afrontaba
su primera experiencia en la máxima competición continental contando en sus
filas con jugadores como Tony Morley, Gordon Cowans, Gary Shaw, el capitán y
referencia Dennis Mortimer o el antes mencionado Withe.
El Valur de Reikiavik, campeón islandés, no fue rival para el Villa en la primera fase
de la competición, que todavía se jugaba con el formato clásico de la
eliminatoria directa. Los ingleses pasaron por encima de su contendiente
nórdico con un 5-0 en casa y un 0-2 en Islandia. En la segunda ronda, el obstáculo
a saltar fue el equipo rojo del Berlín oriental, el Dinamo. Al otro lado del muro,
el carrilero rubio Morley fue el héroe con dos goles -uno de ellos a
falta de cinco minutos para el final- que dieron el triunfo a los visitantes
(1-2). Los alemanes se tomaron la revancha en la vuelta, pero el 0-1 con el que
volvieron a la RDA fue insuficiente. No sin sufrimiento, y gracias en gran
parte a la inspiración del portero Jimmy Rimmer, el Aston Villa se adentró en los
cuartos de final del torneo, un éxito que no quedaría ahí.
Pese a la buena marcha en su gira continental, las cosas no
iban bien en la liga. El efecto de la temporada pasada se diluía y los
villanos estaban situados en la zona media de la tabla. Era el fin de la era
Saunders, ese hombre que, además de devolver al club los honores ligueros, lo
había llevado durante tres temporadas seguida a la final de la Copa de la Liga.
Las desavenencias con la cúpula directiva en relación a las condiciones de su
contrato precipitaron su marcha cuando el equipo se preparaba para luchar por
estar entre los cuatro mejores de Europa. Tony Barton, entrenador asistente,
tomó las riendas de forma provisional -aunque se sentaría en el banquillo durante las siguientes dos temporadas-. Saunders abrió el camino, pero Barton, un antiguo jugador del
Fulham, el Forest y el Portsmouth, se llevaría la gloria en su primera
experiencia íntegra como entrenador principal.
El emparejamiento de cuartos obligaba otra vez al equipo claret and blue a mirar al este. Esta
vez a la URSS, concretamente a Ucrania, donde les esperaba el campeón
soviético, el Dinamo de Kiev, entrenado por el antiguo delantero Valeriy
Lobanovskyi, que contaba en sus filas con Oleh Volodymyrovych Blokhin, actualmente seleccionador ucraniano y ganador del balón de oro en 1975. En Kiev, en la ida
de la eliminatoria, los ingleses aguantaron sin muchos problemas el ímpetu del
cuadro ucraniano, cuyo equipo era la base de la selección de la Unión Soviética
que viajaría a España ese verano. En Villa Park, quince días después, el
todavía campeón inglés demostró que iba en serio. Con dos goles en la primera
parte, de Shaw y McNaught, el pase a las semifinales quedó resuelto.
El otro representante inglés, el Liverpool, que acudía al
campeonato como vigente campeón cayó contra el CSKA de Sofía a esas alturas y
de despidió de sus opciones de repetir título. Los búlgaros quedaron
encuadrados con el Bayern de Múnich, mientras que el equipo de Barton, un técnico ya
ratificado en su puesto, se encontraría con el Anderlecht. En la ida jugada en
Birmingham, los belgas, con muchas precauciones defensivas, aspiraban a volver a
Bruselas con un 0-0 en la maleta. Tony Morley, otra vez determinante, lo evitó
apuntándose el único gol del encuentro (1-0). La vuelta, ya en territorio belga,
fue una pobre igualada sin goles que dio el billete al Aston Villa para la
final que se jugaría en Rotterdam. El partido, de todos modos, ha sido recordado por los incidentes provocados por algunos aficionados llegados desde Gran Bretaña, que iniciaron peleas en las gradas e incluso obligaron a parar el juego durante varios minutos. El Anderlecht pidió la repetición del choque,
alegando que sus futbolistas se habían visto afectados y cohibidos por el
comportamiento violento de la hinchada visitante. La petición fue denegada,
pero en el seno de la UEFA algunos empezaron a valorar la posibilidad de
excluir a los equipos ingleses de las competiciones continentales. El fenómeno hooligan fue durante aquellos años
dorados del fútbol inglés un triste decorado que en ocasiones eclipsaba los triunfos
deportivos. El beautiful game se precipitaba hacia la tragedia de Heysel, hacia el fin
de una era.
EL 26 de mayo de 1982, Breitner, Rummenigge, Hoeness, el
Bayern de Múnich y sus tres Copas de Europa esperaban a un novato en una final
que se disputaría en el estadio De Kuip, la casa del Feyenoord de Rotterdam. En
tierras holandesas la lógica apuntaba a un triunfo de los alemanes, una máquina bien engrasada que
había goleado a todos los rivales que se habían cruzado a su paso.
No fue un partido exquisito, quizás por esa razón el Aston Villa
tuvo sus opciones. Y eso que el asunto empezó mal para Barton y los suyos, que
vieron como el meta Rimmer se tuvo que retirar a los diez minutos de juego al
recaer de una lesión en el cuello. Nigel Spink, de 23 años, en una de sus primeras apariciones en una portería que ocuparía más de 360 veces en el futuro, se convirtió en el héroe inesperado. El joven guardameta no se vio superado por
las circunstancias, y cumplió con creces, siendo decisivo. Un milagro en los
peores momentos de su equipo. Solo le batieron en una ocasión. Fue Hoeness, pero
el colegiado había señalado fuera de juego.
Mientras el Bayern desperdiciaba ocasiones, el Villa esperaba su
turno. El minuto elegido fue el 67. Peter Withe aprovechó una jugada conducida por Shaw y
Morley para, en su única ocasión del partido, superar a Manfred Müller
rematando al palo largo. Veinte minutos de asedio más tarde el muro de Spink seguía intacto. Se consumó así la
sorpresa de la final y de la competición. El gigante bávaro, que había ganado
las doce últimas finales europeas que había disputado, fue incapaz de igualar
el gol de Withe. El Aston Villa era el campeón de Europa.
*Esta serie repasa la efímera pero gran trayectoria de aquellos equipos que una
vez ganaron la Copa de Europa y que nunca más se han visto en otra igual.
El Nápoles llega pletórico a una
nueva cita con su historia. Más de veinte años después, esta temporada ha
vuelto a la máxima competición continental, y su participación está siendo
mucho más que un testimonial brindis al pasado. Hoy, ante uno de los grandes
de Europa en la última década, San Paolo se engalanará a su manera
típicamente infernal para volver a ser escenario de una eliminatoria directa de
Copa de Europa. Cuando Hamsik, Lavezzi y el depredador Edinson Cavani combinan
en ataque, el recuerdo de Maradona acelera su camino hacia el museo. Tras dos décadas
de reconstrucción, deudas, desgracias varias, refundaciones y ascensos, hoy el
Nápoles vive de lo que es y de lo que será, más de lo que fue un día en el pasado.
En la liga está pagando quizás el
rigor de una temporada de máxima exigencia, y se encuentra alejado a 13 puntos
de la primera posición. Es cierto que en algunos encuentros le ha
faltado la solidez y la contundencia de los equipos acostumbrados a ganar, pero
en su progresión adivinamos más síntomas de crecimiento que de pausa. El Nápoles es un
conjunto con personalidad propia que suele ser fiel a un esquema fijo (3-4-3). Su éxito no
está basado en ser camaleónico y adaptarse a las carencias del rival, sino en la ejecución de unas premisas básicas que tienen una suficiencia probada. Con ese
dibujo, el equipo partenopei quiere ser férreo, seguro, lo cual lo lleva a ser en ocasiones demasiado reservado y defensivo. El tecnico Walter Mazzarri se basa en tres centrales
fuertes -si la disciplina funciona como debe- (Aronica, Cannavaro y Campagnaro),
una línea de cuatro en el centro del campo con dos alas (Maggio, Dossena,
Zúñiga) que cubren la banda y dos hombres poderosos en el medio (Inler,
Gargano). En el ataque, la imaginación corre a cargo del ya archiconocido tridente en el que Hamsik imagina, Lavezzi inventa
y Cavani torpedea.
Es una temeridad apuntar a los
del sur de Italia como indiscutibles favoritos en la eliminatoria ante el Chelsea, pero si en
este tipo de enfrentamientos el estado de ánimo tiene algo que ver, los
napolitanos tienen un punto a su favor. El viernes, en partido adelantado a la
jornada de Serie A, los de Walter Mazzarri dieron un puñetazo sobre la mesa en
el Artemio Franchi de Florencia. Un 0-3 y un equipo
convencido de sus posibilidades que quiere hacerse fuerte en casa para viajar a
Londres con alguna garantía de éxito. Los de André Villas-Boas, en cambio,
están en el centro de una temporada más bien convulsa en la que un proyecto
nuevo y a priori estimulante se está estancando peligrosamente. Los
escándalos del capitán John Terry, la desesperante falta de puntería de
Fernando Torres o la incomprensible vulnerabilidad del sistema defensivo, son
algunos de los factores que están cerca de descomponer a un equipo que tiene
inalcanzable la lucha por la liga y que rozó el ridículo el sábado al bordear
la eliminación de la FA Cup ante un segunda como el Birmingham (1-1).
El
encuentro puede ser para los de Stamford Bridge una pesadilla inoportuna pero
también una opción para ganar en confianza. La de hoy es una situación de
la que no tienen escapatoria. Un punto de inflexión, un duelo clave que puede
marcar el inicio del ascenso o la consolidación del hundimiento del primer
proyecto con la marca AVB. Antes de jugarse, el partido es un sueño para el Nápoles y un incómodo compromiso para el Chelsea.